Menú Cerrar

La Angelita

Las niñas de mi clase se hicieron mujeres antes que yo. No porque les viniera antes la regla, sino porque empezaron antes a comprar la revista Vale. Yo llegué más tarde a las revistas pero cuando llegué, caí bien fuerte. Pero claro, del Vale ni mijita. Mi madre se empeñó en que la que molaba era la ‘Top Disney’, una revista nueva que Disney te quería vender bajo el eslogan ‘Porque ya no eres un niño’. ‘Ya no eres un niño pero tampoco te flipes, que por detrás del póster de las Spice Girls te hemos puesto el de 101 Dálmatas’. La revista era carísima, pero mi madre me la pagaba porque prefería eso a que acabara llevando pulseras que se iluminaban cuando estabas cachonda a los 12 años. Mi mejor amiga tampoco se compraba el Vale, pero ella no lo necesitaba, se había ‘hecho mujer’ en la comunión. Ella a veces tonteaba con el Bravo y no pasaba nada, pero a mi mi madre me prohibió también el Bravo y yo ya estaba preocupada por si empezaba el curso y para forrar las carpetas solo tenía pósters de Will Smith y Mulán. Mientras que en una portada Top Disney se podía leer ‘Mulán, el cómic’, mis amigas ya se iban por ‘Sexo: ¿cómo encender su pasión?’ En las negociaciones con mi madre, conseguí llegar a la Súper Pop. La Súper Pop no era malota, era pop. Los test no querían saber si sabías ‘Cómo dar el primer beso con lengua’, querían saber si estabas ‘¿Preparada para hablarle a ese chico especial y que pase de ti? Piénsalo, es un palo, pero estamos contigo’ Yo nunca llevaría colgantes guarros, pero una calcomanía de los BSB de vez en cuando no hacía daño a nadie y me permitía estar en la movida adolescente. Por desgracia, no supe gestionar mi nuevo estatus y me tiré a la delincuencia juvenil. Mi amiga y yo empezamos a robar revistas en los kioscos de mi pueblo. El kiosco de Leocadio era complicado pero el de La Angelita era un blanco fácil. Así que por las tardes nos pasábamos por la puerta y, mientras Angelita estaba dentro sentada en la butaca, echábamos un vistazo a las revistas que tenía fuera, colgadas detrás de esa especie de reja. Ya no distinguíamos entre Top Disney o Vale, había un delito por encima de leer guarradas. Una tarde de verano, La Angelita nos pilló. Nos pilló ella, que era una mujer mayor gorda de moño y luto. Cogimos la revista y nos fuimos despacito, pero cuando íbamos a doblar la calle, la oímos gritar ‘¡NIÑAS!’ y echamos a correr como si nos estuvieran pillando robando en el Corte Inglés. Como si nos estuvieran esperando nuestros padres en una esquina y la policía en otra. Como si nos fueran a castigar sin mirar revistas nunca más. En el patio de una casa la lanzamos y la pobre cayó en un árbol, abierta por todas partes. Presenciamos con mucha pena la vida tan corta que estaba teniendo aquel póster. Una vez eliminada la prueba, nos sentamos en un escalón a respirar muy fuerte y a esperar, pero nunca vino nadie.

Publicado en el nº 1 de la revista Maasai.