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Campamento

El verano que cumplí siete años, yo ya había visto demasiados telefilms infantiles los sábados, conocido niños nuevos en mi primer viaje vacacional en edad de hacer amigos y relacionado más a menudo con mis primos mayores. Se puede decir que empezaba a tener un poco de mundo además del interior, por lo que fue en ese año, con una madurez precoz, cuando les dije a mis padres por primera vez y última:  “quiero ir a un campamento de verano”.

Yo, una niña que necesitaba de siete cuentos y cuatro luces encendidas para dormirse por la noche, y a la que le compraban un pastelito de La Pantera Rosa si no lloraba en el recreo, pedí irme QUINCE DÍAS DE CAMPAMENTO.

Recuerdo el viaje en coche hasta el sitio donde había que apuntarse. Una casa en el campo con una oficina de madera (en mi cabeza es de madera porque estaba en el campo) en la que una señora nos ofreció varios forfaits infantiles. Yo me hacía la valiente.

  • Rosa, quince día es mucho tiempo, ¿tú vas a dormir bien allí… sin nosotros? También los hay de una semana, y luego si te gusta ¡pues vuelves! ¿quieres?
  • QUINCE DÍAS MAMÁ.

Por suerte en esa época, aún no estaba de moda lo de preguntar a los niños “¿pero tú qué quieres, cariño?” sino que todavía  quedaban madres como Dios manda y la mía, que era de esas, me ignoró por completo. Se lo agradeceré siempre.

Me apuntaron al paquete granjaescuela de una semana y mi primo mayor, de nueve años, se apuntó también. A mi madre le tranquilizó que alguien de confianza viniera conmigo y me cuidara. Así que después de haberme cosido mis iniciales en la ropa interior y haber cumplido el resto de indicaciones que nos habían dado y que no recuerdo, nos fuimos al campamento.

Lo que yo había imaginado como una casa del árbol gigante donde las niñas parecerían Punky Brewster y los niños los Goonies, resultó ser más bien el recreo de un correccional. Allí había niños de por lo menos trece años que fumaban. También había una niña con el pelo muy negro que en mi cabeza apodé “la Coño”, por la de veces que le oí decir esa palabra.

Me di cuenta de que yo era la más pequeña del campamento. Me habían metido en ese grupo porque en el de mi edad no había hueco. “No pasa nada, ¡estás con tu primo!”. Pero a mi primo, al segundo día, le faltó decirle a sus nuevos-mejores-amigos-desde-ayer “OS JURO QUE NO LA CONOZCO DE NADA”. En serio, no recuerdo que me hablara nunca allí dentro.

Y ahora, un brainstorming de recuerdos de la semana más larga de mi infancia.

  • Es por la noche,  tengo mucho miedo aunque creo que no estoy llorando todavía, duermo en una litera y no sé por qué pero me acuestan antes que al resto, por lo que estoy sola en una habitación gigante. – Estamos en el comedor, es el segundo día y nos han puesto lentejas. La Coño monta un pollo porque “¿QUÉ COÑO ES ESTO DE COMER LENTEJAS EN VERANO, COÑO?”, yo me las como, a mi me gustan, me dicen “muy bien”. – Vamos a un lago de excursión, no quiero bañarme, he estado escuchando conversaciones de las niñas más mayores y ahora tengo miedo de que me venga la regla de repente – Estamos jugando en la habitación, los monitores no están, hay un niño que dice que sabe hipnotizar y mi primo se ofrece voluntario para que lo hipnotice. Cuando lo hipnotiza le hace hacer cosas peligrosas como acercarse a un precipicio y él lo va obedeciendo todo sin despertarse. Dice que lo hipnotizaron de verdad, pero yo no me lo creo, creo se hacía el hipnotizado para hacerse el guay. – Es por la noche, estamos jugando a juegos de miedo en medio del campo. Yo no entiendo que se juegue a algo que da miedo, encima de noche, ¿estamos locos? Es un juego muy tonto que acaba en susto. Cuando me toca a mi, noto que suavizan el juego para que no me asuste demasiado y llore, que soy cascarón de huevo y aunque se rían, me alegro. – Estamos de excursión, hemos ido a ver a los animales y vamos a darle de comer a los cerdos. Se supone que es algo súper emocionante. Antes de entrar donde están los cerdos nos dicen que hay que darles la comida y salir corriendo, que se vuelven muy locos y si te pillan por delante te pueden MATAR (yo lo recuerdo como “MATAR”). Me da mucho miedo, no entiendo por qué una actividad infantil consiste en jugarse la VIDA. Entramos donde los cerdos, les echamos la comida, y cuando todos se suben corriendo al muro para que no les muerdan, yo no llego ni sé saltar. Me quedo dentro sola. Los niños se ríen y me dicen que salte más fuerte. Me hago daño en las manos, los monitores me sacan. Los cerdos no me comen pero yo paso mucho miedo. – Ya debemos estar a mitad de semana. Me levanto muy temprano porque es el día de llamar a los padres y tengo muchas ganas de decirles que por favor me vengan a buscar lo antes posible. Nos van a llevar a la cabina del pueblo a que los llamemos porque donde estamos no hay teléfono. Ya estamos todos listos para montarnos en el autobús. Cuando voy a subirme la monitora me dice “no, tú mejor no vas, que si hablas con ellos te vas a poner muy triste”. Me quedo allí sola con el niño que fuma, que está castigado, me pongo muy triste. – Es la última noche, estamos en una de las habitaciones haciendo una especie de fiesta de pijamas de despedida. Hacen juegos tontos y dan unos premios estúpidos. A mi me nombran Miss Siesta, porque dicen que he dormido mucho. Me da mucha vergüenza, a ellos les hace mucha risa. – Es el último día, ya nos vienen a recoger, veo a mis padres venir de lejos. No puedo esperar a tenerlos delante para contarles lo mal que lo he pasado, así que los voy mirando fijamente para que me lo noten. Entonces la monitora dice “NO HA PARADO DE LLORAR EN TODA LA SEMANA”.