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Campeona de natación

Cuando yo era una niña gordita de ocho años, después de haber probado el atletismo, el tenis, el baloncesto y las clases de Sevillanas, mi madre decidió apuntarme a natación porque era el deporte más completo, y porque no quedaban más opciones en mi pueblo para que yo me moviera un poco. Habiendo fracasado en todo lo demás, este era como mi último tren del deporte, la última oportunidad para perder esos kilitos que mis padres me veían de más. Que no digo yo que no estuvieran. Así que empecé a ir un verano a la piscina por las mañanas temprano. Muy temprano. Por suerte, en el bar de la piscina ponían buenos desayunos y eso me animaba a levantarme cada día. Nadar era un trámite que había que pasar para llegar al desayuno, porque era después de la clase cuando se desayunaba. Cuando ya llevaba yendo lo que a mi me parecieron años y que igual fueron unos cuatro días, el señor entrenador decidió que yo nadaba muy bien a braza. Que era una máquina nadando a braza, que había encontrado mi estilo. Y claro, visto mi expediente deportivo, la noticia fue acogida en casa con una emoción desmesurada. Me compraron un gorro, bañador nuevo y unas gafas de bucear que no eran las más caras pero tampoco las más baratas del Carrefour, y que no fueran las más baratas significaba que mi padre confiaba en mi. Me vine arriba. Empecé a entrenar cada mañana en la piscina, yo ya solo nadaba a braza. Cuando los otros niños nadaban a crol o a mariposa yo estaba excluida, tenía que perfeccionar mi estilo. Y me ponían a otro lado de la piscina a hacer mi entrenamiento. Así estuve un tiempo hasta que una mañana vino el entrenador con LA NOTICIA: “vamos a ir a una competición con equipos de otros pueblos, OS TENÉIS QUE APUNTAR”. Las siguientes semanas me volqué en el entrenamiento. Si ya el hecho de ser buena me motivaba imaginaos ahora que tenía un objetivo: llegar la primera en mi modalidad en una competición de verdad. Todo el equipo confiaba en mi, y mis padres estaban seguros de que por fin ganaría algo. Tanto, que un día antes de la competición, mi padre me compró una gafas nuevas. Otras gafas, unas un poco mejores. LAS GAFAS. Con esas gafas ganaba seguro, no eran gafas de niños que buceaban, eran gafas de campeones de natación. Llegó el día y allí estábamos todo el equipo montados en el autobús concentrados y oliendo a bocadillos de chorizo de camino al pueblo donde se celebraba el evento. Ubicándolo ahora, no creo que el viaje durara más de diez minutos. A partir del momento del autobús, en el que yo aún era una joven promesa de la natación dispuesta a ganar la competición que me consagraría como deportista profesional, no tengo más recuerdos de cómo transcurrió el día, ya que lo que allí pasó después, hace que sea incapaz de recordar momentos superfluos como quién se sentó a mi lado en el autobús, si llevaba chucherías o si había columpios en la piscina. En mi siguiente recuerdo, es mi turno y estoy en el borde, preparada para saltar, esperando a que suene el silbato. En la posición que me habían enseñado para tirarme de cabeza. Muchos nervios, mucha presión, me lo jugaba todo. En el último minuto, me puse las gafas. Lo había visto en la tele, las gafas se ponían al final. Las gafas profesionales. Las gafas de campeona de natación. Las buenas. En las que tenía depositadas tantas esperanzas. Las gafas que me hacían parecer una deportista de élite. Las gafas que me jodieron. Las que me jugaron la peor pasada de mi vida. Las gafas que me retiraron del deporte profesional para siempre. 

Salté a la piscina, y en el momento en que mi cabeza entró en contacto con el agua, las gafas se movieron de su sitio quedando el borde sobre los ojos y clavándose en las cuencas como si fueran dos puñetazos en los que el puño, después del golpe, no se retira del ojo sino que se pega a él como una lapa ejerciendo cada vez más presión. Ese golpe determinó mi carrera. No veía nada, estaba desorientada. Solo oía a los padres animar a sus respectivos hijos desde la grada. No sabía cuántos largos me quedaban, ni cómo iban los demás. No sabía si me tocaba salir a respirar o si me tocaba mover el pie derecho o el izquierdo. NO SABÍA QUÉ IBA A PASAR CON MI VIDA. Ha pasado tanto tiempo que no lo recuerdo, pero ahora, conociéndome, estoy segura de que desee con todas mis fuerzas que mi madre, desde el público, se diera cuenta del problema y viniera a sacarme de la piscina. Lo que ahora, con la madurez de los años, me parece más increíble y totalmente incomprensible, es que no fui capaz de ponerme las gafas en su sitio o de, simplemente, tirarlas muy lejos de la piscina y seguir nadando sin ellas. Es más, ni siquiera lo intenté. Me había tocado eso, ese día me había tocado nadar con unas gafas de natación clavadas en los ojos y con la goma tan apretada que me hacía dudar de si al acabar la carrera seguiría conservando la visión. Tras un tiempo que me pareció eterno de agonizante y fatídica carrera en la que mi preocupación había pasado de intentar ganar sin demasiado esfuerzo a rezarle a Dios por primera vez en mi vida para no llegar la última, empecé a escuchar que el público ya no gritaban unos nombres y otros para animar a sus hijos o compañeros de equipo, sino que solo se oía mi nombre. Yo salía a respirar y solo escuchaba a gente gritando mi nombre. Entonces deduje que era la única niña que quedaba en la piscina. Conforme iban terminando, los niños iban saliendo y el primero en llegar ya debía de estar merendando. Este momento emocionante y patético se alargo un buen rato, porque aún me quedaban bastantes vueltas por dar, aunque yo no sabía cuántas, no era capaz de llevar la cuenta. Todo el mundo gritando mi nombre, mi momento de gloria pese a perder. Recuerdo que paré de dar vueltas cuando me dijeron “ya”, y que mi madre me vino a buscar con una toalla.