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SER INVISIBLE

Es muy duro ser una mujer que no le importa a nadie. Es decir, una mujer de más de 35 años. Tienes que luchar contra el acoso callejero y al mismo tiempo contra el hecho de que ya nadie te mire. Una lucha en las redes y por dentro otra. Y ya sé que lo de que no me mire nadie es culpa mía y me lo merezco, es el castigo a pagar por no haber gastado cada euro que ha entrado en mi cuenta desde que cobré el primer sueldo en productos para parecer más joven. Si lo hubiera hecho ahora tendría el aspecto de un bebé y todo el mundo se sorprendería de que supiera hablar y algún tío me diría “qué bien balbuceas, eres muy madura para tu edad”.

Ni siquiera digo que yo no esté buena como para que no me miren. Bueno, tengo épocas en las que estoy buena y épocas que no. No porque mi cuerpo cambie mucho, más o menos se mantiene oscilando kilo arriba kilo abajo, lo que cambian son las normas. Hace veinte años pesaba menos que ahora y estaba gorda, luego engordé un poco y sin embargo Instagram decidió que estaba más buena que antes. Hay que dividir los kilos que pesas por tu año de nacimiento y luego multiplicarlos por el año en el que estás y restarle las medidas del culo de Kim Kardashian o algo así para saber si estás buena o gorda, es un jaleo.

No me extraña que la gente (los tíos) no se aclare. La última vez que me “piropearon” por la calle casi consigo acabar con la bonita amistad entre dos bros que habían salido tranquilamente a beber un sábado por la noche. Se cruzaron conmigo, uno de ellos me dijo alguno de esos piropos tan bonitos que te hacen acelerar el paso y el otro le dijo a su colega “qué haces, si está gorda”. Y él primero, ofendido porque le estaban atacando a su buen gusto, se volvió a mirarme y le señaló mi culo y le dijo “¿no ves? Está buena”. Y el otro me miraba y decía “de tetas bien, pero eso es porque está gorda”.

Como estábamos en una calle larga y estrecha solos los tres por mucho que yo siguiera caminando los seguía oyendo allí parados discutiendo sobre mi cuerpo como si fuera yo un libro de el Ojo mágico. “¿No ves que es un cisne precioso?” “Yo solo veo una gorda” “tienes que entornar los ojos”. Solo espero que no llegaran a las manos y se jodiera la amistad, no podría vivir con esa culpabilidad.

Es la única ocasión en la que puedo decir que “dos tíos se han peleado por mi”, que esto a la gente le gusta mucho decirlo y de adolescente de pronto te daba como muchos puntos de estar buena. De hecho, era el único evento traumático que atravesaban en el instituto la gente que estaba buena ya a los 16. ¿No debería ser ilegal estar buena/buene a esa edad? No estar buene según la moda que haya, no, estar atemporalmente buena. No debería permitirse eso, coarta tu capacidad de réplica y tus habilidades de supervivencia. Estar buena en el instituto es como jugar a un videojuego en modo superfacil y pensarte al terminar que te lo has pasado como todo el mundo. No amigue. El resto hemos estado ahí, atrancándonos en cada fase por detalles tan tontos como tener las cejas demasiado anchas para los dosmiles cuando tú, Desiré, habías nacido con las cejas perfectas y las mechas ya hechas. Luego mis cejas estuvieron en su punto, eso sí es verdad, cuando cambió la moda. Y ahora creo que son demasiado estrechas porque se llevan más grandes. Creo, tendría que investigar. Nunca las he tocado, pero a ojos de la sociedad he tenido todo tipo de cejas al parecer.

Antes de la problemática de las cejas, en el colegio, ya había pasado por el trauma del bigote. Me salió mucho pelo en el bigote y el mundo empezó a meterse conmigo y a decirme que me lo tenía que afeitar. No es fácil ser una niña con demasiado vello corporal (según los estándares de aquella época) y que tu madre sea una hippy que no se depila porque no cree en eso. Súbele un nivelito al videojuego. La teoría de mi madre era que si empezaba a depilarme ya el bigote, las cejas y las piernas estaba ya condenada a hacerlo siempre. Y yo no le veía el problema, no sabía ni lo que era “siempre” solo conocía “al día siguiente en el colegio”. Y seguro que tampoco tenía presente que si me quitaba pelo de cualquier sitio me iba a volver a salir otra vez, pensaba que con pasar la vengüenza y el disgusto de convencer a mi madre ya lo tenía arreglado. Es como ahora cuando me gasto casi cien euros en comida y pienso que si el mundo fuera justo, después de tremendo esfuerzo, mi nevera se mantendría llena ya para siempre jamás. 

En 2º de ESO conseguí que mi madre me depilara el bigotillo casi en contra de su voluntad y me fui contentísima al instituto y tres minutos tardó toda la clase en darse cuenta de que me había depilado y en reírse de mi por esta razón. Había conseguido por fin armas nuevas para luchar ¡y aún así me volvieron a matar! mientras, la Miriam y la Desiré seguirían pensando que estaban jugando al mismo juego que yo.

¡Lo que habría dado en entonces por ser una mujer que no le importa a nadie!