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Telefilm

Clara se había unido al grupo que formábamos Candela y yo porque necesitábamos a alguien más si queríamos llamar a eso Grupo de amigas y porque la pobre parecía aburrirse mucho y estar muy sola. No era muy lista, y los ensayos de la película se nos estaban haciendo complicados.

Después de haber visto el telefilm The Callengers, traducido por Antena3 como La banda de los chicos, hasta desgastar la cinta VHS en la que mi padre me la había grabado, supe que la única manera de que se volviera a estrenar una película a la altura era hacerla yo misma, así que empecé a escribirla en las últimas páginas del cuaderno de Conocimiento del medio.

Hacer la película consistía en ensayar las escenas que yo decía y en seguir mis indicaciones como directora. Esto significaba que, en las tardes que pasábamos jugando en la plaza, ahora se hacía lo que yo decía y nadie podía saltarse la parte del guión que cada día les explicaba.

La película empezaba con nosotras tres llegando en nuestras bicis a la plaza a la que íbamos cada tarde en bici a jugar. Las soltábamos en la arena, nos subíamos en algún columpio y entonces yo decía la primera frase: “qué aburrimiento, ¿qué podemos hacer?” En parte, entiendo que a Clara le costase distinguir los límites entre realidad y ficción y siempre acabara contestando a mi pregunta con “¿no querías hacer lo de la película?”, a lo que yo muy enfadaba contestaba, gritando al cielo, como si desde allí nos grabaran: “CORTEN”.

– Venga, salimos de la plaza, volvemos a entrar y soltamos las bicis en la arena. Clara, acuérdate de tu frase: «¿por qué no hacemos una fiesta?”. PORFA.

No se acordaba.

Una de las tardes que fui a casa de Candela para explicarle cuál era la próxima escena que íbamos a ensayar, me abrió más seria de lo normal. Me dijo “pasa”, como si fuera a contarme en secreto cuál era el ingrediente que su madre le ponía al puchero para que toda la casa oliera tan mal. “Vale, no soy yo sola la que lo nota” pensé aliviada. Pero no iba por ahí el misterio.

– Soy mujer –  me dijo, mientras se sentaba en el váter a hacer pis con la puerta abierta, algo que hacíamos todo el rato las dos por si los tres segundos que tardaba en salir el chorrito se hacían muy largos y necesitábamos conversación.

– ¿Y antes qué eras?-  le pregunté con miedo, dispuesta a aceptar cualquier revelación y a perdonarla por no haber sido sincera conmigo los últimos años.

– ¿Tú sabes lo que es la regla? Me ha venido y ahora he pasado de niña a mujer.

Mientras me decía estas palabras y por fin salía el chorrito, yo la observara como si estuviera viendo hacer pipí por primera vez a una Candela nueva, a la Candela Mujer.

A Candela la regla le vino muy pronto, con nueve años, y yo aún no había tenido ni siquiera esa conversación sobre qué era lo que me tenía que venir y en qué me convertiría. Una vez, una amiga de mi madre, más joven y más moderna que mi madre, me dijo que si sabía que pronto tendría “eso que tienen todas las mujeres”. Yo la miré muy seria y asentí con resignación, pensando que con eso se refería a un novio.

Me imagino que Candela tampoco había tenido esa conversación todavía y su madre tuvo que improvisar una explicación cuando su hija le enseñó lo que había pasado en sus bragas mientras disfrutaban de un fin de semana familiar en La Manga.

– ¿Puedes seguir montándote en los columpios?- le pregunté, para empezar a resolver desde lo más básico aquel asunto que se me escapaba.

– Bueno, puedo montarme, pero como mujer.

Supuse que, a partir de ese momento, cada vez que nos montáramos en los columpios de la plaza a Candela no le parecería tan divertido, pero que lo seguiría haciendo por mi.

Ese día no avanzamos en la película. Sentí que mi telefilm se venía abajo y que quizás la escena de los columpios no iba a llegar a rodarse nunca. Primero, porque en algún momento necesitaría una cámara y no tenía, y segundo, porque Candela ya no podía interpretar a una niña.