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Vivir en Madrid

Hace poco me preguntaron de un medio que de qué forma me inspiraba Madrid a la hora de escribir y yo les envié esto.

Madrid tiene una cosa que no son los museos ni el Primark de Gran Vía y que no estamos valorando lo suficiente, y es su capacidad de radicalizar los sentimientos de las personas que venimos de fuera hacia nuestros propios pueblos y ciudades, hacia esas comunidades de las que nos fuimos para venir aquí buscando no se qué, buscando, despistados, esto que llamamos, -atención, palabras mayores-: Vivir en Madrid. A mi se me ha olvidado lo que venía buscando y asumí hace años que sería esto que tengo, como el que va a la cocina y cuando llega no se acuerda a qué iba pero ya que está allí abre la nevera y chupa el medio limón que encuentra.

Madrid te vende la promesa del éxito y tú que solo tienes limones porque es día veinte del mes, te lo crees. Tu vida de ahora es dura, me dijo Madrid, –sufrir a la madrileña: check–, pero en unos años, si te quedas, tú vas a cenar donde quieras pidiendo vino ya sea día dos o día treinta del mes, te lo dice Madrid, si tienes paciencia, si te pegas un añito más de becaria. “Jurao”, me dijo, y se dio un besito en los dedos.

Pero no solo de promesas y de restos en la nevera se alimenta mi existencia madrileña. La fantasía de dejarlo todo y volver a mi ciudad, a mi barrio, a mi casa, se vuelve fuerte, muy fuerte. Las calles que mejor conozco de todo el mundo de pronto adquieren ese halo de novedad y excitación que tenía Madrid hace años, cuando solo existía para mí en las películas. Ese neon sobre el arco de la Macarena que pone Calidad de vida dónde estaba cuando yo me fui, lo habrán puesto ahora, lo habrán colgado los que se quedaron sin salir del barrio, ahí, bien grande, que se vea desde Madrid y se nos quede la cara de tontos a los que solo conseguimos juntar dinero si es para coger el AVE.

Cuando me siento en mi casa en Madrid delante de una hoja en blanco solo se me ocurre escribir historias de los que no necesitaron caer en la trampa de dejarlo todo porque no se creyeron el cuento capitalista de que solo así te pasan las cosas buenas, eso de que solo sufriendo se llega lejos, muy lejos, al extrarradio Madrileño por lo menos, al barrio desde donde le escribes a los cuatro amigos andaluces que tienes desperdigados por la capital para decirles que a ver si nos vemos, que a ver si nos vemos por favor.